The Virgencita jamás fue un sueño. No fue el resultado de una lucha de años, ni de certificaciones, ni nada por el estilo. Fue resultado de estas “causalidades” de la vida: de estar con los ojos y el corazón abiertos y aceptar lo que la vida te está ofreciendo.
El nombre nace de un proyecto antiguo en el que vendía, junto con una amiga querida, ropa mexicana para fuera del país. La ropa étnica siempre me encantó, y era un goce hacer curaduría de prendas y subir fotos a nuestra entonces tienda en Etsy. De ahí el “THE”, muy extranjero, y “Virgencita”, dejando clara la mexicanidad del asunto.

Llega la pandemia y todo se complica… Envíos caros, tiendas cerradas, paquetes que dejaron de llegar a su destino. No era momento de seguir. Pero había un nombre… un logo… y ganas de volver a trabajar con moda después de tantos años alejada de esta industria.
Pasaron los años y la vida cambió radicalmente. Tenía más hijas, me mudé al Caribe buscando una vida menos sistemática, y me encontré con el clima más hostil que me había tocado vivir. Una humedad y un calor que realmente no estaban en mi configuración.
No sabía qué ponerme, además de traje de baño, que —créeme— no era el caso el 95% de mi semana. Nunca me gustó vestirme de fast fashion; siempre busqué alternativas, pero era realmente imposible. No había nada.
En mi búsqueda de volver a emprender —porque las redes dejaron de ser un activo económico cuando todos decidieron bailar en TikTok— me acordé de The Virgencita…
¿Por qué no?
Pero sabemos que, si de ropa étnica hablamos, el Caribe no es precisamente el referente… jaja.
Ahí fue cuando decidí buscar marcas lindas y montar mi propia concept store online. Compré algunas prendas, empecé a tejer otras (en mi utopía tendría tiempo de confeccionar prendas tejidas, hazme el favor…), pero ahí fue cuando la vida me mandó la señal…